Toda la vida es ahora (Contra una educación obsesionada con el futuro)
Por Miguel Fauré
Director de Homeschool Alma y Mente
“La vida es aquello que te pasa mientras estás ocupado en otros planes”
John Lennon
El niño no existe en la escuela. Aunque su nombre esté en el libro de asistencia. Aunque tenga un casillero reservado. No existe. Ni en el primer ni en el último año de su escolaridad. Paga una condena: la de no ser adulto. Por ende, es un proceso, un ente en formación: solo un cuerpo pasajero, cambiante, impredecible y molesto.
No importa el modelo escolar. Da igual si se le educa memorizando o generando proyectos. El niño es un tránsito, un medio-hombre, una media-mujer. Un ser inconcluso, imperfecto. Una hoja en blanco que debe ser pronto cubierta de las palabras que le sirvan para reproducir el mundo que le tocó vivir.
Se le puede preguntar su opinión. Pero ella no es relevante: el niño aún no sabe. Y peor: no sabe que no sabe. Su existencia es inválida, un borrador grotesco de lo que sí se debe ser: adulto y productivo. Normal, por sobre todas las cosas. Su vida es un desperdicio de tiempo, cuanto antes tengan intereses de “grandes”, mejor: verse como ellos, consumir como ellos. Venderse, como ellos.
¿Estamos educando niños? No, estamos adiestrando adultos desde temprana edad. Para que sean buenos ciudadanos y autoexigentes trabajadores. Qué pérdida de tiempo que tengan doce o trece años en los que no se les pueda pedir que sienten cabeza. Que abandonen el juego. Porque de eso se trata: de espantar la fantasía, de silenciar el asombro y de hacerlos sentar cabeza.
Que se parezcan a mamá o a papá. Al abuelo, quizás. Al futbolista de moda. A la exitosa influencer. Adultos, al fin y al cabo. Mientras antes, mejor. Que sea un “viejo chico”. Porque esos años de caos y amigos imaginarios, de patear la pelota sin horario o conversar con los animales... es una desgraciada pérdida de tiempo. “Al menos antes se los podía poner a trabajar”, pensará algún liberal.
El diseño de la escuela, de sus patios, de sus aparatos de vigilancia. Todo apunta a mantener a raya la desbordante imaginación del niño. Mientras más grises o blancas sean las paredes, mientras más atosigante sea la luz cenital, menos ganas tendrá de fantasea mirando la ventana. Porque ya ni se les deja ver el cielo. No vaya a ser que un pájaro les haga despegar de una clase sobre teoremas que no aplicará nunca.
Regla esencial para quien quiera dedicarse a la educación es ver al educando. Verlo no como una hoja en blanco ni como un semi-humano. Ni como ente a difuminarse con el paso del tiempo ni como medio para llegar al fin, que sería el adulto. Ver sus rasgos aquí y ahora, siendo plenamente en el presente. Experimentando el mundo con todos sus sentidos. No mañana, hoy. Escucharlo, sin juicio ni análisis. Colaborando con su ser en el mundo en este momento y en esta situación. Como si toda la vida fuese ahora.

Comentarios
Publicar un comentario